
Cada día, al despertar y no verte, Holby, el alma se me encoge. Es una sensación de vacío inmenso, de dolor silencioso que se instala en cada rincón de la casa. Te veo en todo: en los parques, en los jardines, en cada calle que recorrimos juntos. En los lugares donde no te dejaban entrar, te quedabas en la puerta con esa mirada de amor y preocupación, esperando con paciencia y resignación. Siempre había alguien contigo, acariciándote, tranquilizándote… y cuando salíamos, tu alegría era tan pura que nos iluminaba el corazón.
La conexión contigo no era solo física. Era espiritual, mágica, como un hilo invisible que nos unía más allá de lo terrenal. Al cruzarnos ahora con otros perritos, se nos eriza la piel. Nos invade la nostalgia y se despiertan los recuerdos más hermosos.
La casa se ha vuelto más grande, más extraña, más triste. Tu presencia sigue aquí: tu olor, tu calor, tu camita vacía, tus juguetes huérfanos. Aún sentimos tus pulsaciones cuando te acurrucabas en nuestras piernas, como si nuestros corazones quisieran latir al unísono. Nos dabas compañía, paz, bondad… eras nuestra burbuja de consuelo y amor en medio de un mundo a veces tan egoísta y material.
Tu ladrido al oír las llaves, el sonido de tus patitas corriendo hacia la puerta, tu carita sonriente como si hubiéramos estado meses lejos… todo eso era nuestra ilusión diaria. En los días duros, fuiste apoyo, consuelo, motivación. En los días felices, fuiste alegría multiplicada.
Recordamos el sonido de tu lengüita bebiendo agua fresquita, tu entusiasmo al saborear tus croquetas favoritas, y esa emoción desbordante cuando te sorprendíamos con un trocito de pollo. Siempre nos recibías con tu juguete preferido, como muestra de respeto y amor. Porque tú, Holby, no fuiste una mascota. Fuiste familia.
Dormías en nuestra cama, buscando nuestro calor y protección. Fuiste un perrito activo, incansable, explorador de parques, pueblos, montes y playas. Viviste intensamente, y nos regalaste una vida llena de momentos inolvidables.
Hoy, como dice la canción de Eros Ramazzotti, solo podemos decir: “Gracias por existir.” Gracias por cruzarte en nuestras vidas, por hacernos mejores personas, por enseñarnos el amor más puro y sincero.
